| Foto: http://www.latinamericanstudies.org/ |
Por Alejandro López Flores/@alxdelfuturo
De qué nos asustamos: en tiempos de Calles y de Cárdenas, los cristeros se daban vuelo colgando y cortándole las orejas a los maestros rurales que se negaban a dejar escuelas y comunidades controladas por la insignia de Cristo Rey. A finales de los 50, cuando López Mateos aprobó –a instancias de Torres Bodet— la distribución gratuita de libros de texto y cuadernos de ejercicios elaborados por el Estado, la iglesia católica y sus membretes educativos pusieron el grito en el cielo, y ahí tienen a las monjitas de la época arrancando páginas y llenando ellas mismas los ejercicios, a fin de impedir que los escolapios contaminaran sus almas con tan impíos materiales (quiero imaginar que, como consecuencia de esa ardua tarea, la producción nacional de rompope cayó a simas drásticas). Hace una década, un secretario de Estado con vocación de obispo inició una extraña campaña de publicidad a favor de un escritor (ambos ya difuntos) al escandalizarse porque a una de sus hijas la habían puesto a leer, en clase de español, fragmentos de una novela considerada como impía por el político ultramontano. El episodio se saldó con el despido de la profesora de literatura. Y así por el estilo.